“Si no lo vives, no lo prediques.” ¿En serio?

“Si no lo vives, no lo prediques.” ¿En serio?

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Algún maestro o profesor le habrá dicho con una piedad segura y sabio temple: “¡Si no lo vives, no lo prediques! Y quizás usted habrá escuchado o dicho: “¡Amen!”.

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¿En serio? ¿Solo deberíamos enseñar o predicar aquello que entendemos que vivimos, presumiblemente con lo cual somos consistentes? La preocupación parece brotar de una noción genuina: no ser hipócritas. Y de eso Jesús tiene mucho que decir, solo véase sus polémicas con los Fariseos. En este sentido parece un buen consejo, aunque presupone un optimismo gigantesco sobre la persona encomendada a predicar, proponiendo una carga monumental sobre su conciencia.

Sin embargo, si somos honestos y miramos nuestras vidas, ¿en realidad llegamos a ese punto de enseñar porque se vive todo lo que se proclama? Es más, me atrevería a sugerir que si seguimos esa tesis piadosa, solo predicaríamos 3 o 4 sermones al año y serian los sermones más aburridos y cortos en la historia del cristianismo (¡Como dice Steve Brown!)

El acto de proclamar y comunicar el poder del evangelio no es un acto comunicativo que goza de una correspondencia equivalente entre nuestra vida y el poder del evangelio, sino que nace de la esperanza disimilar entre lo que soy/somos y debemos ser y seremos. Es un acto escatológico de una realidad que esta parcialmente aquí/vida, y que espera desesperadamente que sea completada por la acción dramática del Esprítu de Jesús. Entonces lo diría: “Si no lo vives, predícalo queriendo vivirlo!

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